Quien dice que la rutina te vuelve irascible e irritable en tu trabajo no conoce los placeres de los pequeños momentos rutinarios dentro del día.
Podría decirse que mi día a día es bastante rutinario, me levanto temprano para ir a la Facultad, estoy todo el día en esa jaula de cristal y, dependiendo del día, si he tenido la suerte de encontrar un pqueño trabajo o no, me voy a medio día o por la tarde, llego a casa, reviso mis e-mails, ceno con mi pareja, veo un poco la tele y a dormir.
Pero eso no importa, me gusta mi rutina, y mis pequeñas rutinas. Es levantarme un poco antes para desayunar tranquilamente mientras juego con el gato lo que hace que salga de casa de buen humor. Coger el bus un poco antes, para llegar a la cafetería de mi Facultad antes de que se llene de gente, comentar la mañana con la camarera y tomarme con tranquilidad un café bien negro y de Comercio Justo mientras leo el diario gratuíto, me prepara para enfrentarme a las horas que me esperan de una rutina cada día diferente, pero rutina al fin y al cabo. O comentar con mis compañeras de piso el día mientras cenamos puede ser tan gratificante que me levante al día siguiente de buen humor, dispuesta a tener mis pequeños e íntimos momentos, iguales todos los días, pero que ayudan a continuar el resto del día. (por no hablar de la hora del café con los compañeros de la Facultad)
Y bendito el fín de semana, que llega para desbaratarnos y dejar que nos olvidemos que sólo dura dos días y medio, cosa que deberíamos aprovechar para hacer todo lo que queremos realmente, en lugar de lamentarse porque el lunes está después del domingo, esperándonos con otra semana rutinaria.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Mancantao
Publicar un comentario